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Conformismos

Hoy el coche me pitó porque no le puse el cinturón a la mochila que dejé en el asiento del pasajero. Y como no le supe explicar que no consideraba necesario ponerle el cinturón de seguridad a mi mochila y el coche seguía pitando, moví la mochila del asiento al suelo. Lo hice para que el coche se callara. El gesto me resultó extrañamente familiar. Caí en la cuenta de que me adapto de esa manera tan ridícula a varios aparatos, haciendo cosas ilógicas con tal de que se callen o dejen de parpadear. Cuanto más nuevo el aparato, más da la lata.

Esa sensación, la de adaptar pequeños gestos a aparatos o personas con tal de que se callen y dejen de dar la lata, la noto más a menudo últimamente. Puede que sea la edad, que cuanto menos me queda por vivir, más reacia soy a malgastar el tiempo en distracciones innecesarias. Puede que sea que nunca me han gustado las restricciones, ni físicas ni psicológicas. Y no me gusta que me digan lo que tengo que hacer en cosas que no molestan ni atañen a nadie. Pero también puede que sea que vivimos tiempos donde la libertad es muy aparente pero poco real.

No me refiero a las libertades siempre reprimidas, la de pensamiento y la sexual, que son las peligrosas para los sistemas que quieren tener controlados a sus sujetos. Esas no me sorprenden. Pero las pequeñas libertades que se van anulando en nombre de un conformismo enfermizo son las que me tienen mosqueada de unos años a esta parte. Es sutil pero destructivo.

Nadie dice a nadie cómo debe vestirse o cómo se debe comportar (esto último a veces por desgracia), ni cómo debe pasar su tiempo libre, ni lo que debe comer. Por lo menos no directamente. Pero los medios están llenos de consejos, expertos, opiniones. Se puede elegir seguir cualquiera, siempre y cuando sea de otro. Lo que no queda bien es tener criterio propio, escucharse a una misma, respetar el propio instinto, llegar a conclusiones propias. Eso no.

Por eso, cuando evolucionan los electrodomésticos hasta el punto de no hacer ruido, hay que ponerles pitidos. No vaya a ser que con demasiado silencio nos dé por pensar.

 

Illustración: “Son las hormonas” de la serie Percebes Feministas.

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