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El futuro del arte es feminista

La sociedad en la que vivimos no es feminista, por lo que no va a promover arte feminista ¿Quiere esto decir que debemos dejar de producir arte feminista? No, claro que no, porque el arte feminista sólo puede existir en una sociedad que no sea feminista. Una sociedad feminista produciría arte feminista de manera natural y lo llamaría simplemente “arte”.

Si miramos atrás, vemos que la producción de arte siempre ha estado en manos de los grupos de poder. El conjunto de la sociedad no ha participado nunca mucho en el proceso. Así que las ideas que el arte refleja son normalmente las ideas de los grupos de poder de cada momento. Ya sea porque encargan las obras o porque las compran. Por necesidad, los grupos de poder promocionan un arte que les ayude a perpetuarse y crecer. Por supuesto que no van a promover un arte que implique por definición una redistribución del poder en la sociedad, que es precisamente lo que propone el feminismo.

El mundo del arte es aún menos feminista que la sociedad en general y tampoco va a promover un arte feminista. No es difícil imaginar que el éxito del arte feminista tendría interesantes consecuencias artísticas y económicas para las colecciones de arte existentes. Además, un mercado de arte feminista contaría con más mujeres. La inclusión de nuevas personas a gran escala en cualquier grupo puede traer consigo una redistribución del poder. Por eso los medios de comunicación de masas, que están en manos de los mismos grupos de poder, diseminan estereotipos negativos en torno al feminismo. Porque para que se cumplan las demandas del feminismo hace falta que las cosas cambien.

El arte feminista, por tanto, como todo buen arte, aspira a avanzar la sociedad, no simplemente a reflejarla. El arte feminista es un arte de vanguardia porque devuelve al arte su dimensión humana y a la vez proyecta a la sociedad hacia un futuro más avanzado. El arte feminista puede actuar de puente entre un mundo del arte atrapado en el manierismo mercantil y una sociedad que no percibe que el mundo del arte sirva más que para vanagloriarse a sí mismo. Existe un desajuste palpable entre lo que el mundo del arte predica y lo que practica que le resta credibilidad ante el resto de la sociedad. En general, en la sociedad actual no se percibe que el arte contemporáneo haga avanzar la humanidad porque no lo hace. Una élite sólo puede considerarse élite en algo si va por delante.

El mundo del arte no va por delante, va por detrás, y lo demuestra promoviendo un sistema de valores desfasado. Para empezar, la valoración de la producción artística es más sexista y racista que la del trabajo de los empleados en la mayoría de las empresas. Basta echar un vistazo a la proporción de hombres blancos entre los artistas representados en galerías y museos. Si esa proporción fuese representativa de la realidad, tanto entre artistas como entre el resto de la población, el ser humano se habría extinguido hace tiempo. Las estadísticas son abrumadoras. Y eso sin entrar en lo que cobran por el mismo trabajo diferentes artistas dependiendo del sexo y la raza.

Además de ser sexista y racista, los métodos de producción y distribución que promueve el mundo del arte están anticuados. Mientras el resto de la sociedad se dedica a la distribución masiva de información a través de todo tipo de artefacto electrónico, el mundo del arte rinde culto al original y a la escasez y adapta las tecnologías nuevas a las viejas convenciones.

Esto da lugar a situaciones interesantes, como las ediciones limitadas de vídeo y fotografía, por ejemplo. Porque, las ediciones limitadas son en origen, como dice el nombre, limitadas, pero por necesidad, no por elección. Las planchas de grabado se desgastan físicamente, el oro resulta caro, se tarda mucho tiempo en producir ciertos objetos de manera artesanal. Una serie de cuadros al óleo, por ejemplo, va a ser por naturaleza limitada aunque se dedique a ella toda una vida. Pero uno de los avances de la tecnología del vídeo y la fotografía es precisamente la reproducción, si no infinita, al menos masiva.

Crear una edición limitada de fotografías o de vídeos es una afectación y el único fin es elitista y monetario, es decir, restringir el acceso y elevar el precio del producto final. Al promover la idea de exclusividad se facilita la mistificación del producto artístico y el potencial de especulación en el mercado aumenta. Se beneficia el arte como inversión, pero no como arte,
ya que limitar la exposición al público impide el avance de la disciplina artística.

Porque cuando escuchamos una obra de, por ejemplo, Rachmaninov en un CD, o en la radio, o en un concierto en vivo, o a través de una página web, la calidad del sonido será mejor o peor, la experiencia nos gustará más o menos, pero la calidad artística de la música de Rachmaninov no queda alterada por el método de reproducción. Lo mismo ocurre con la literatura o el cine. Shakespeare tiene la misma calidad artística leído en pantalla o en una edición original impresa a mano y llena de polvo. Una igual da dolor de ojos y la otra una sensación de momento histórico y quizá estornudos alérgicos, pero la calidad de Shakespeare como autor no se ve afectada. La tecnología ha cambiado cómo disfrutamos de la música, la literatura y el cine.

El arte visual sin embargo, desprecia la reproducción y nos exige que vayamos a un lugar concreto a observar un original. Incluso si el original es una fotografía digital pequeña que se aprecia mejor en un libro que detrás de un cristal. Es como si en la música sólo se valorasen las partituras originales y las interpretaciones de la época, en literatura sólo se valorase el manuscrito original y en el cine sólo se valorase la grabación original. Sería un desperdicio y tanto la música como la literatura y el cine, se habrían quedado estancadas como disciplinas. Que es lo que ha ocurrido con el arte visual. Su culto a la escasez y al original, a pesar de que las técnicas de reproducción masiva permiten el disfrute a distancia de una obra de arte, eleva los precios innecesariamente y hace que el mercado del arte dependa de un número reducido de compradores. El público en general se queda fuera y con él su potencial para comprar y disfrutar del arte.

Otro aspecto que interfiere negativamente en el avance del arte es la separación artificial de disciplinas. A pesar de que el método de producción no determina qué es arte, las técnicas de producción masiva siguen sin asociarse con el arte, sino con la publicidad. Distinguir lo que es arte de lo que no basándose en los métodos de producción y el alcance es artificial e innecesario. Todas las vanguardias artísticas han buscado las últimas tecnologías para expresar sus ideas. En vez de huir de las técnicas de producción y reproducción masiva, de los móviles, de Internet, de los formatos alternativos, al arte feminista le beneficia utilizarlos y hacerlos suyos. En las democracias con tecnologías avanzadas de hoy, las personas normales tenemos un acceso a la información y un poder de asociación y distribución sin precedente. Es hora de utilizarlo en nuestro favor para romper los estereotipos negativos asociados con el feminismo y para fomentar un arte más accesible.

Porque, aunque vivimos en una época en que los niveles de educación son elevados, el público en general no se involucra mucho con el arte contemporáneo porque lo percibe como una tomadura de pelo. Hay necesidad de cambio en el ambiente ¿Tiene sentido para los artistas intentar pertenecer a un sistema al que, intelectual y económicamente, cada vez pueden acceder menos personas y que además perpetúa valores anticuados? El mercado del arte compra y vende arte, luego se dedica a una actividad económica y no artística. El mundo académico establece reglas y convenciones para tratar de administrar el conocimiento artístico. Adaptar la producción artística al mercado y a las instituciones es pretender que el carro tire del burro. Un arte feminista avanzado, con sentido, accesible técnica e intelectualmente para la mayoría de las personas incrementaría el interés del público. Un público interesado es un público involucrado. Si el público piensa que fomentando el arte feminista participa en algo importante para la humanidad, financiarlo no será un problema. No hace falta pedir permiso.


Este texto fue escrito para el Foro Feminista Europeo de 2009 como parte del debate sobre la financiación del arte feminista organizado por Switch Metaphors

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