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El placer de confiar

Un antiguo novio me dijo un día que prefería ser traicionado a ser un desconfiado. Me pareció una frase muy bonita. Confiar es una de las sensaciones más placenteras que conozco.

Eso pensaba hoy cuando me planteaba si congelar la crema de ruibarbo y grosellas negras que hice el otro día cuando en la caja de verduras y frutas me llegaron los ruibarbos y las grosellas negras. No tiendo a comer esas cosas. Pero algo habrá que inventar.

Cuando me llegan verduras o frutas que me causan problemas de logística en la cocina porque no sé qué rayos hacer con ellas pienso siempre en la cooperativa de granjas que nos trae las cajas y en lo mucho que me compensa a pesar de todo.

Me gusta no elegir cuando los que eligen por mí tienen criterio y buen corazón. Sé que las verduras son ecológicas, que los trabajadores reciben un sueldo digno y condiciones decentes, que utilizan los recursos de manera respetuosa, que investigan y a veces llegan a la conclusión de que poner el pepino en plástico es mejor que no ponerlo, aunque sea plástico.

Confío en ellos. Y como con placer y alegría. Aunque a veces se me canse la mandíbula con esas lechugas tan esculturales y me tenga que acordar de cocinar la carne más tiempo porque el animal llegó a adulto, comió comida de verdad y usó los músculos. Cedo a gusto mi libertad de supermercado por la confianza en las cosas bien hechas.

También confío en la compañía de energía renovable que nos vende la electricidad y el gas. Son tan agradables, tan eficientes y tan humanos al otro lado del teléfono que ni se me ocurre comparar precios. Sobre todo cuando veo los titulares sobre cómo suben los precios de la energía y a nosotros nos llega una carta diciendo que los bajan porque sus centrales eólicas han producido más de lo que esperaban. Es como deberían ser las cosas.

Otro ejemplo que he añadido a mi lista de confianzas es una tienda ecológica donde compré una sábana de franela sabiendo que le iban a salir bolas, porque lo avisaban. Y explicaban que era porque no le ponían ningún recubrimiento sintético. Entonces yo me doy cuenta de que nadie me había dicho que las sábanas de franela de algodón llevaran recubrimiento de formaldehído para que no les salgan bolas.

Para mí es más que sábanas, verduras y energía, es un soplo de aire fresco. Es la relajación de poder confiar. De saber que trato con personas que comparten mis valores y mis prioridades.

Y me alegra y me entristece. Me alegra que existan, me entristece que sean excepciones. Y me pregunto cuándo dejé de confiar en las empresas de servicios, en los supermercados, en los bancos, en las compañías de teléfono, en las grandes corporaciones, en el mercado del arte, en los políticos, en el mundo que me rodea. Esa desconfianza que siento me roba paz, pero confiar me hace sentirme engañada.

Por suerte nunca he dejado de confiar en las personas. Como dijo Margaret Mead: “Nunca dudes que un grupo pequeño de personas consideradas y comprometidas puede cambiar el mundo, de hecho es lo único que lo ha logrado.”

 

Illustración: “Hibernando” de la serie Percebes Feministas.

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