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El por qué (cuento feminista)

Siempre he pensado que soy una persona. Desde chica. De un sexo, una forma y unos colores determinados, de un sitio o dos y con mis circunstancias. Pero ante todo persona.

En mi familia también pensaban que era una persona y como mi entorno y la época no eran demasiado restrictivas tardé en descubrir que ser una persona de tipo niña tenía sus limitaciones. Externas. Aún así no recuerdo haber querido nunca ser un niño ni haber considerado que ser una niña fuera un obstáculo interno o un fallo mío.

Más tarde, en la adolescencia, tratando de definirme como persona, descubrí dos cosas sobre lo que socialmente implica ser una mujer. Primero, que algunos, y sorprendentemente algunas, todavía consideran que las mujeres somos hombres incompletos y que nos mueve la envidia por esa carencia real o simbólica. Que somos inferiores a los hombres. Y segundo, que no es suficiente con ser del sexo femenino para ser femenina. Que ser femenina viene con manual de instrucciones y hay que currárselo. Y no sólo eso, si se estudia detenidamente el manual, que a veces viene por escrito pero la mayoría de las veces viene emanado, se descubre que está lleno de restricciones físicas, intelectuales y espirituales: cuanto más alto el tacón y más estrecho el vestido más femenina; nada de ideas originales ni afán de conocimiento, si no se pueden evitar mejor disimularlos; y cuidado con querer ser libre, no vayan a considerarte ambiciosa, egoísta o mala mujer. Y es que en realidad, aunque se disfrace de ambigüedad y manifieste múltiples caras, la instrucción es una sola: reprimir todo aquello que implique crecimiento personal. Como no crecer como persona, incluso en la adolescencia o quizá precisamente en la adolescencia, era algo inaceptable para mí, descarté del teatro de la feminidad todo aquello que no me divirtiese. Quedó poco.

La vida siguió y en el mundo laboral me di cuenta de que los méritos de las mujeres y los méritos de los hombres no se medían igual, aunque fueran los mismos. Las expectativas también variaban. El viejo error teórico de la supuesta inferioridad de la mujer no había desaparecido, simplemente había mutado.

Y sigue ahí, disfrazado de novedad, escondido tras las apariencias, poderoso en su invisibilidad. En la escuela, en la familia, en el trabajo y en el ocio. Transmitido por el medio contemporáneo por excelencia: el lenguaje visual.

Para mí esto es un problema. Es vivir en un edificio social con desequilibrios estructurales, asentado en pilares de valores incompletos y torcido para un lado, donde la mitad de sus inquilinos no puede desarrollar del todo su potencial.

xyx28: la revista feminista cifrada fue mi forma de empezar a explorar alternativas.

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