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La estética de la ética

A Marx no le interesaba mucho el arte. Decía que el de su época era una afectación burguesa y que una sociedad diferente produciría un arte distinto de forma natural. En eso más o menos pensaba yo el otro día cuando aprendía a sublimar. La sublimación es una técnica de impresión sobre tela en la que se traspasa el color a la tela con calor. Las tintas achicharradas se vuelven gaseosas y se adhieren a la fibra del tejido por siempre jamás. Pero para que la unión se consume, el tejido ha de ser de poliéster.

Le pregunté al profesor si había poliéster ecológico. Pregunta un poco tonta, ya que se produce con derivados del petróleo. Pero como hay tejidos creados a partir de plásticos reciclados pues pregunté de todos modos y con optimismo expectante. Me respondió lo que suelen responder las personas poco interesadas en el tema, que no, y que aunque un tejido diga ser ecológico en realidad no se puede saber. Y que además sale caro. Con lo cual mejor no preocuparse. Más caro sale cargarse el planeta, pero con un poco de suerte lo pagará otro.

El caso es que entendí la proliferación de esos estampados tan horrorosos sobre esas telas sintéticas tan desagradables. Porque sale más barato que imprimir con planchas. La tecnología y la economía determinan la estética. Y yo, que prefiero explorar materiales naturales y colores más amigables, descarté la sublimación como método para imprimir sobre tela. Por lo menos hasta que alguien haya recogido todas esas bolsas de plástico que flotan por nuestros mares y las haya convertido en algo más interesante. Ser unos sucios despreocupados e imprimir sobre plástico nuevo cuando hay tanto plástico por reciclar no tiene un pelo de sublime. Por muy acalorada que sea la excusa.

 

Illustración: “Guapas” de la serie Percebes Feministas.

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