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Platón y feminismo

Al pensamiento occidental le gusta dividir. El hábito le viene en gran parte de Platón, que empezó la tendencia con su teoría de las ideas. Según él, existían dos mundos, el de las ideas, o ‘ideal’, y el de la materia, copia defectuosa del de las ideas. Algo tendrá esta teoría porque, más de dos mil años después, todavía la utilizamos para intentar comprender el mundo.

Para empezar influyó en la formación de las religiones monoteístas, con la idea de un dios perfecto e inmaterial que crea copias imperfectas materiales. También influye en la manera de vernos a nosotros mismos, ya que hemos decidido que el ser humano está compuesto de alma, superior e inmortal, y cuerpo, inferior y mortal. Y a su vez lo que ansiamos y hacemos también lo hemos dividido de la misma forma. El amor más grande es abstracto, a un dios, a la humanidad. Luego se va empequeñeciendo y amamos a nuestra familia, pareja, animales y plantas. El amor carnal, aunque parezca que estemos obsesionados con él, ocupa el último lugar del ranking, por ser cosa del cuerpo. Con el conocimiento pasa lo mismo. Puede ocuparse de ideas y ser teórico y superior, o de cosas y ser práctico e inferior. Con la aparición de la ciencia, la nueva religión, las humanidades quedaron relegadas.

No es difícil comprender que, históricamente, los poderosos siempre se han atribuido a sí mismos las características consideradas superiores, relacionadas con las ideas, y han dejado las inferiores para los que no tenían poder. Y si observamos el mundo con esto en mente, vemos que se cumple tanto para la clase social como para la raza y el sexo.

Empecemos con la clase social. Cuanto más elevado el estatus, menos contacto con la materia. Al estatus social elevado se asocian ocupaciones simbólicas, el uso de eufemismos en el lenguaje, un aire ausente y etéreo, un lenguaje del cuerpo restringido, especialmente la pelvis, y poco contacto físico en general. Y al revés: cuanto más baja la clase social, más instintiva, corporal y sexual será su actuación, con un lenguaje del cuerpo más movido, especialmente la pelvis, y una manera de hablar más directa.

En cuanto a las razas, las que se consideran a sí mismas superiores ven a las que consideran inferiores como animales u objetos, y a sí mismas como ideales de perfección.

Con el sexo ocurre lo mismo. Los hombres, que históricamente han tenido el poder, se atribuyeron a sí mismos las características del mundo de las ideas y dejan para las mujeres el mundo de la materia. Incluso la mujer misma es vista por algunos como una copia imperfecta del hombre, como vemos en el mito de la creación de Eva a partir de la costilla de Adán, o en las teorías psicoanalíticas de Freud, en que las mujeres son hombres incompletos. Así, al hombre se le asocia con lo divino, las ideas, la teoría, el conocimiento, el amor abstracto, las ciencias, la fuerza, la tecnología. Y a la mujer con lo terrenal, lo instintivo, lo carnal, la intuición, el amor maternal y sexual, las artes y las letras, la adaptabilidad, la naturaleza. Al considerarlos superiores, tanto mujeres como hombres hemos promovido durante siglos los valores que llamamos masculinos.

Pero si observamos con detenimiento los principales opuestos de nuestro pensamiento, vemos que no sólo un concepto nunca es superior a su supuesto opuesto, si no que ni siquiera están separados; son más bien dos aspectos de la misma cosa. Y que dividirlo todo en dos partes, una superior a la otra, es crear un desequilibrio innecesario. Es como decidir que una pierna es superior a la otra, fomentar su crecimiento en detrimento del de la otra, y luego sorprenderse de que sólo se pueda andar en círculos.

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