Pegotes existenciales

Cuando vi la obra de Creed en la Turner Prize el año que la ganó me entusiasmó. Ese cuarto enorme y vacío donde simplemente se encendía y se apagaba la luz me pareció de una guasa sublime. Aparte de esa pieza y un pegote de blu-tack en la pared, que también generó mucha controversia, no conocía el trabajo de Creed. A pesar de que se menciona bastante. Así que el fin de semana pasado fui a ver su exposición en la Hayward, a tapar lagunas.

Debería haberlas dejado. A veces el hueco de la ignorancia se llena mejor con la imaginación que con el conocimiento. A menudo me pasa, especialmente en la Hayward, quizá sea el lugar, que al entrar en la exposición tengo una primera impresión bien definida que luego, según voy viendo, se va convirtiendo poco a poco en la contraria. Con la de Creed pensé: qué bien, una dosis de irreverencia ¡A refrescarse! Pero al salir estuve de acuerdo con el título de la exposición: ¿Qué sentido tiene? Y hasta me imaginé al artista y a los organizadores reunidos, hablando felices de un título que se adelantaba a las posibles críticas. Menudo parche.

En la exposición había, entre otras cosas, un cuarto lleno de globos blancos entre los que se podía pasear, un coche al que de repente se le habrían las puertas, protuberancias y un vídeo con gente vomitando, meando y cagando. Pero con fondo blanco y de uno en uno. Igual si hubiesen estado todos juntos en plan hermandad escatológica habría sido socialmente más catártico. Y, aparte de las protuberancias y los objetos nimios, que tienen su algo poético, al resto lo impregnaba una especie de desgana. Como contar un chiste que ni a ti te hace gracia. Pues para qué. La exposición de Creed parece más un no saber estar consigo mismo que una trayectoria coherente. Ya lo dice el proverbio árabe: habla sólo si lo que vas a decir es más hermoso que el silencio.

Qué pena. Con lo que me gustan a mí la tontería y el sinsentido cósmico. No me molesta que lo cotidiano se meta en una galería y se convierta en arte estilo Duchamp. Pero debe convertirse en arte al estilo Duchamp, no seguir siendo cotidiano al estilo guardería de Ikea. No hay que hacer las cosas sin convencimiento.

Cursilíneos y rigurdetes

Creo que he descubierto por qué los cursis, a pesar de que debería ser al contrario, suelen ser tan guarrillos. En cierto modo, la cursilería es una falta de rigor estético y la guarrería una falta de rigor higiénico. Es la falta de rigor la que se manifiesta de distintas maneras. Sin rigor no hay arte. Por eso el arte y la cursilería son incompatibles.

El rigor artístico, como todo en el arte, no es un rigor a secas. Es más bien un rigor libre, si es que eso existe. El arte esconde una verdad que no puede mostrar, porque traicionaría a su etimología, pero que tiene que estar ahí, porque si no, no sería arte. Es como una especie de baile con la realidad, se acerca y se aleja, como si pintara un cuadro. Cerca para dar la pincelada, lejos para ver cómo queda. Y bailando conecta con verdades profundas a través de la creación de realidades inventadas. El equilibrio es delicado. Si es demasiado real no es arte. Si es demasiado falso tampoco es arte.

Yo no creo que exista la verdad. Pero creo que es importante buscarla. Sin verdad no se puede vivir. Y quizá sea el rigor precisamente la clave. El rigor es una especie de verdad, una especie de coherencia. Luego se puede ser rigurosa o coherente de muchas maneras. Y los cursis, con un poco de suerte, se quedarán por el camino.

La callada resistencia de Klee

A algunos nos toca vivir tiempos y circunstancias peores que a otros. Y estos tiempos que corren, desde dentro, tienen bastante mala pinta. Década perdida en todos los ámbitos. Sin embargo, simplemente con mirar en mi familia, veo que mis abuelos sufrieron las consecuencias de dos guerras mundiales, y la parte española, además, de la civil. Y si es desoladora la destrucción que han causado, y siguen causando, tres décadas de neoliberalismo en su hundimiento final ¿cómo será una guerra?

La locura no se entiende hasta que se siente el vértigo de asomarse al abismo de la mente de un loco. La locura real no hace gracia, aterra. Y en guerras y crisis aflora. Klee, que sufrió las consecuencias de crisis, guerras y locura nazi, siguió siendo capaz de crear sutileza. Quizá sabiendo que cada capa de acuarela le alejaba del horror. Haciendo visibles otras realidades. Concentrándose en lo importante. Resistiendo.

El arte nos saca de la mierda. Nos eleva y nos sana. Por eso los tiranos lo atacan, por eso los especuladores lo ridiculizan. Para anularlo. Para asegurarse de que agachamos la cabeza. Por eso las sociedades más avanzadas son aquellas que tienen el arte más avanzado, más crítico y más significativo. Por eso las personas de los lugares con mejor arte son más libres. Porque el arte de una sociedad expresa su nivel de desarrollo y de libertad.
 
Los indecentes que nos han metido en este berenjenal acabarán en el lugar histórico que merecen. Quedará el producto sutil de la callada resistencia. Los Klees del arte y de otras disciplinas están en ello. Otras realidades se harán visibles. No quepa duda.

Siluetas

Tenía una vaga idea del trabajo de Ana Mendieta. Cuando entré en su exposición en la Hayward Gallery y empecé a ver tanta sangre y tanto cuerpo propio me dije: ¡ya estamos! Otra mujer utilizando su cuerpo como herramienta ¡estoy hasta las narices! Me quise salir, pero me quedé, y me alegro. Profundizando me di cuenta de lo grande que es su obra y de lo que ha influido en otros artistas. Hay artistas que aman el arte y artistas que aman ser artistas. A los primeros les sostiene la columna vertebral de su vocación y a los segundos el andamiaje de sus pretensiones. Y Mendieta es de las primeras.
 
Luego también es cierto que no me gusta el uso que hace del cuerpo y de la sangre. Me parece morboso y un añadido poco útil a las miles de imágenes que ya existen de mujeres violentadas y aniquiladas. Pero no cabe duda de que es una elección de lenguaje artístico coherente con las ideas y con las preguntas que se formula la artista. Y además, fue pionera. Ya me gustaría a mí tener la capacidad de articular artísticamente de una manera tan propia. Cuando lo pienso suelo consolarme diciéndome que todavía soy joven. Pero Mendieta, si hubiese durado más, a saber dónde habría llegado. Es una ventaja de las artistas, que viejas, artríticas y medio ciegas podemos producir nuestras mejores obras. Si hay talento, las restricciones inspiran más creatividad de la que coartan. Por algo dicen que ser artista es más bien una actitud. Entre otras cosas, la de no rendirse.

Enemigas del buen arte

Una vez un señor dijo que no había peor enemigo del buen arte que un carrito de bebé en el pasillo. Ese señor obviamente no había reflexionado mucho en la vida y desde luego desconocía los mecanismos mentales de sus propios prejuicios. Porque, a poco que se rasque, se da una cuenta de que el carrito es sólo un símbolo. Para ser más exacto debería haber dicho que no le gustaban los niños, o las madres, o ambos. Que le resultaban incompatibles con el buen arte.

Hay que ser memo. Sin niños, vayan o no en carrito, no hay humanidad. Decir que algo tan importante como el destino de la humanidad es incompatible con el arte es absurdo. Sólo sirve para demostrar la estrechez mental del que lo dice, y su ignorancia. Sin embargo, por desgracia, tal estupidez no es anecdótica ¿Por qué está tan extendida la opinión de que la maternidad y la niñez están reñidas con las cosas serias? ¿Existe algo más serio que la continuación de la especie? ¿Por qué a estos señores (porque suelen ser hombres) no les gustan los niños? No digo que un niño petardo sea compañía deseable en una galería, ni en ningún sitio. Pero es por petardo que es indeseable, no por niño. Igual que los adultos, los hay insoportables y los hay magníficos.

A veces, leyendo a algún filósofo de ésos importantes que nos definen la trayectoria cultural, he pensado que cómo se notaba en sus teorías que tenía criada. Porque si hubiese sido autosuficiente habría entendido mucho más de las cosas básicas de la vida y no habría formulado teorías tan cojas. Ahora entiendo cuánto nos fastidian esas teorías tan mal estructuradas. Crean una base falsa que permite a un hombre tiritar de grandeur artística ante un cuadro de una virgen con su cristo rechoncho (al fin y al cabo un cuadro de una madre con su bebé) y a la vez despreciar a las madres y a los bebés reales. Y quedarse tan pancho. Contradecirse es humano, lo sé. Incluso diría que es una de nuestras facetas más interesantes. Y la practico a menudo. Pero con conocimiento de causa. Ignorar que nos contradecimos es simplemente no saber de qué estamos hablando. No se puede reflexionar sobre lo profundo y lo importante sin plantearse primero lo esencial: el instinto de conservación y el de reproducción. Con todos sus participantes en todas sus etapas. A partir de ahí se construye lo demás.

Enemies of good art es un grupo de artistas, comisarios y relacionados que se plantea la invisibilidad artística y otras complicaciones derivadas de ser artistas y ser madres. He estado en su reunión. Hablamos de temas que llevan mucho tiempo siendo un problema, pero que no siempre lo serán. El mundo del arte no puede permitirse dejar tanto talento fuera. Porque, parafraseando a las Guerrilla Girls: cuando el racismo y el machismo dejen de estar de moda ¿qué valor tendrá tu colección?

Emanando venceremos

El otro día observando a una mujer de alma confusa dando de comer a las palomas urbanas, caí. Entendí que no sólo inspiran nuestros movimientos en hora punta, sino que además son consejeras de moda. Y ahí las imaginé. En esa reunión anual de los que deciden lo que nos ponemos internacionalmente cada temporada. Sentadas con los fabricantes de telas y ropas, despeluchadas, con las patillas colgando, batiendo las alas frenéticamente inspiradas. Repitiendo: esos grises y esos negros, y esos grises y esos negros, y esos grises y esos negros, con un poquillo de blanco y algo de verde sucio grisáceo y algo de morado sucio grisáceo… ¿Cómo no lo he visto antes? Y eso que llevo años viendo palomas urbanas y farfullando también contra los colores, o anticolores, reinantes.

Y no es que a mí me interese mucho la moda. Opino más o menos como Oscar Wilde, que mira si será fea que la tienen que cambiar cada seis meses. Pero el color y la forma sí me atañen. Y política y socialmente tampoco quiero ir emanando la longitud de onda equivocada. Sobre todo si promueve la indecisión, la falta de compromiso y la inmadurez. Que estamos en crisis y yo mi vanidad la cuido con mimo feminista.

Aunque pueda parecer un tema trivial, los colores importan. Estoy convencida de que una paleta más alegre contribuiría a sacarnos de la crisis. Tanto de la económica como de la existencial. Porque los colores sanan. No es lo mismo sentarse a hablar con alguien vestido de gris que con alguien vestido de turquesa. Igualmente no es lo mismo vestirse de gris que vestirse de turquesa. El turquesa, por ejemplo, sería un buen color para el momento social que vivimos. En cromoterapia estimula el sistema inmunológico y psicológicamente promueve la renovación. Una población con el sistema inmunológico fortalecido y un espíritu renovador puede con todo. Una población indecisa, inmadura y equidistante, no. Cada color tiene sus cualidades. No digo que todo el mundo se tenga que vestir de turquesa para salir de la crisis. Aunque puestos, aunar aunaría. Sin embargo, si cada cual pudiese rodearse de los colores que mejor le sentasen al cuerpo y al alma, en vez de tener que adaptarse a la falta de variedad que impone el mercado, otro gallo nos cantaría. No es casualidad que los movimientos más pacifistas sean también los más coloridos. Y es que a un ejército multicolor no me lo imagino matando a nadie ¿no? Pues eso.

Las plantas lo hacen mejor

Eso me pasa por hacerle caso a Montessori. Que ahora la Bebushkilla ha descubierto el eje vertical de la existencia y los invigilantes nos invigilan. Ya no podemos ir como las que no quieren la cosa, en plan madre y bebé de incógnito. Ahora si es escalable debe ser escalado. Y yo he de admitir que estoy de acuerdo, aunque luego nos reprima. Es que los invigilantes intimidan.

También me intimida el nuevo pabellón de Zaha Hadid para la nueva Serpentine. Estaré yo susceptible, pero tanta curva y tanta arista me desconciertan. Mientras esperábamos el té nos maravillábamos ante lo despacio que pasa el tiempo cuando el espacio irrita. Los camareros, que se tomaban a sí mismos muy en serio, iban dando tumbos cual bolas de maquinita entre esas mesas tan alérgicas a los noventa grados. Y yo, hablando del feng shui que ignoro, responsabilizaba de tanto desatino al mareo del chi. Al fin uno de los camareros bola, después de década y media, nos trajo los dos tés. Le pregunté si trabajar ahí le desorientaba y me miró como si tuviese tres cabezas y una de ellas le hubiese sacado la lengua. Yo, que tengo la manía de dibujar vectores mentales entre los elementos compositivos de todo lo que miro, le tracé un vector imaginario de la nariz a la arista más obtusa de la mesa con la convención de peluqueros. Que creo que los habían puesto ahí por si el público en determinados momentos, sobre todo después del chaparrón que había caído, mostraba una carencia peligrosa de ángulos irregulares.

No duramos mucho porque no tenían sillas de bebushka. Según otro camarero bola, Zaha Hadid estaba en ello. Qué susto.

Mira Schendel

¡Y yo sin saber que existía esta pedazo de artista! Viendo su obra en la Tate me sentí hermanada. No en cuanto a obra, Schendel hizo antes de que yo naciera lo que yo todavía no he hecho. Pero sí en cuanto a las preguntas que se hace a lo largo de su trayectoria. Me alegra el alma descubrir que existen más personas que se emocionan con la idea de visualizar un pensamiento, que usan letras para dibujar, que mezclan filosofías y política y colores y formas. Y con qué talento. Me inspira encontrar nuevas artistas que admirar. Qué agradable sorpresa. Especialmente en este momento de crisis en que parecen estar ganando los malos de la película no sólo en lo económico.

A la vez, cuando descubro un artista que hizo hace décadas lo que en mi mente es apenas el boceto de una posibilidad sufro una especie de cortocircuito artístico-existencial. Hace que me sienta un poco lela, avergonzada de ir tan lenta, humillada al darme cuenta de que no sólo no estoy en la vanguardia, sino encima voy retrasada más de una generación. Cobarde, además, por no lanzarme al vacío creativo. Me entra prisa por crear, por recuperar el tiempo perdido en menudeces, por concentrarme en lo importante y luchar porque lo urgente no monopolice el poco tiempo disponible. Me hace recordar que un día, cualquier día, moriré.

Y esa certeza, quizá por el roce de la contradicción, genera chispas. Hace que me burbujee el citoplasma celular, que me centeleen las sinapsis. Me expando. Profundizo. Percibo el mundo de manera más intensa. La incertidumbre deja de ser una amenaza y se convierte en miles de puertas abiertas. Siento el poder transformador del arte, su importancia. Y decido que de mayor quiero ser una Mira Schendel.

Lo que une el váter

He estado en dos templos. Pero he de confesar que no recé en ninguno. Al primero, la tienda Apple en Covent Garden, fui porque tiene unos servicios mac. Blanquitos, inmaculados, donde se mea por infusión espiritual. Siempre que voy me pregunto quién los limpia. Si son los megaguais de la manzana que te cobran sin caja o si son los de siempre, la trastienda del sistema operativo social, los sin glamour.

El segundo templo fue la White Cube de Bermondsey. Cuando entré en el servicio tuve un déjà vu. La misma empresa debe de diseñar los servicios de culto contemporáneo. Sé que es a propósito, que tanto Apple como la White Cube (por algo se llama la galería como el libro) aluden en sus diseños a los templos. Y ambos albergan objetos de culto. Lo que no me convence es que se secularice la sociedad por un lado y nos la vuelvan a enreligiosar por otro. Me gusta más la idea de ponerle perejil a un santo kitsch que rezarle a iTunes. Aunque ambos estén hechos en China y ambos sean wi-fi. Bueno, en realidad, siendo minimalista, no me gusta ni lo uno ni lo otro.

Tampoco me gustó la exposición de la ICA de arte político, feminista y gay. No entiendo por qué siempre los mezclan. La parte gay no tenía mucho problema. Iba de representar lo poco representado. Pues bueno. La parte política y feminista peor. Ahí sí que hay un problema. Es el conflicto de la forma contra el contenido. En arte, la forma siempre gana al contenido. Si el contenido es de protesta y la forma es convencional, la obra es convencional. Si la forma es contestataria la obra es contestataria, pero el contenido no se entiende, aunque sea convencional. De ahí que el arte que se denomina político normalmente no funcione. Porque al querer que se entienda el mensaje, la forma tiene que ser cómoda y si es cómoda es porque está muy vista. Y esa fue la impresión que me dio, que estaba muy vista aunque no la hubiese visto nunca. Por eso tuve que ir a otra galería, por la sensación de no haber visto nada. Pero la White Cube, aparte de una ilusión óptica de Galan logradísima, tampoco tenía gran cosa. Y ya no busqué más. Lo insustancial satura.

Utopía cangrejil

¡Al fin una exposición sobre alternativas! Y yo, de camino, como soy un poco plasta, iba diciéndole a mi muso que las crisis son una oportunidad de cambio, que está en nuestras manos modelar las alternativas a la sociedad que se nos ha desmoronado. No hay que dejar que vuelvan a definir las reglas los que definieron las anteriores porque ya vemos lo mal que funcionaron ¿Dónde estamos los que nos preguntamos? ¿Dónde estamos los que estamos preparados a currarnos las respuestas? ¡En todas partes! Entonces ¿Cómo hacer para unir fuerzas? Las ganas están. Los medios los tenemos. Hace falta trabajar entre todos, aprovechar el shih, reconocer el momento para el nodo y voilà! Traspaso de poderes. Aunque también habrá que ver cómo arreglamos lo del motor de Marx para que los liberadores no se conviertan en explotadores. Educando a las bujías, supongo.

El caso es que la exposición se llama “El espíritu de la utopía”, en la Whitechapel. Había un sanatorio para problemas políticos donde se podía pedir cita, un banco del tiempo donde se podía intercambiar tareas, un taller de cerámica, sesión de hipnosis sobre la crisis económica, viveros futuristas, un homenaje a la lombriz… Por qué lo llaman utópico no lo sé. Como que lo condena de antemano. Entre eso y que la estética es retro, no parece que nadie se tome las ideas muy en serio. Y es una pena. Es cierto que las ideas no son nuevas. Ni los bancos de tiempo; ni el trabajo como unificador; ni el arte como terapia social; ni, como sabe cualquier granjero, el homenaje a la lombriz. Pero que no sea nuevo es una ventaja, no un inconveniente. Significa que funciona. Como funciona la rueda y funciona beber cuando se tiene sed. Lo que sí que hay que hacer es adaptar los métodos que sabemos que funcionan a las necesidades actuales y, por favor, inventarles una estética nueva. Que si no da complejo de cangrejo.