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Caulfield contra Hume

Desde que Bebushka ha aprendido a andar y a decir adiós pasa de mí. Se va en línea recta, sin mirar atrás. Y le obsesionan los bolsos. No sé si tomármelo personal. Como soy posmoderna, mejor me da igual. Aunque yo, he de admitir, no creo que exista el posmodernismo. O, más bien, creo que es como el polvo en el espejo zen. Creo esto por conveniencia, claro está. Porque si es cierta la proclama posmodernista de que cualquier cosa puede ser arte, desaparece el arte. Y si no hay arte ¿de qué no como?

Eso no quita que sea posmoderna, que lo soy. Cada cual nace cuando nace. También estoy de acuerdo y en desacuerdo con Platón, pero esa es otra historia. Lo que creo es que para que haya arte hace falta poder diferenciar entre lo que es arte y lo que no. Hace falta poder distinguir lo artísticamente significativo. Hace falta un juicio crítico. Se escapen o no las bebushkas.

Por eso la Tate no le ha hecho ningún favor a Hume poniendo una exposición suya al lado de la de Caulfield. Hay que ser posmoderno radical (y eso sí que tiene mérito conceptual) para no notar la diferencia. Por suerte vi primero la de Hume. Sus cuadros me recordaron a los ejercicios de análisis de las formas de la escuela de diseño. Pero en machúsculas, claro. Luego, en la de Caulfield, entendí de dónde venían esos mismos ejercicios. Al primero, influido por los medios, le falta un hervor. El otro, influyente en los medios, es una pasada. Qué colores, qué espacios, qué guasa. Uno es pasatiempo y el otro arte. A mí que la Tate los exponga juntos me inquieta, porque en cierta forma los iguala. Hace que se me aparezca esa frase que tanto miedo me da en los libros de arte: y siguieron tres siglos en que no se produjo nada significativo…

Menos mal que Caulfield da para rato y que los museos tienen sus affaires. Suficiente para ahuyentar fantasmas. Hay esperanza.


Ilustración: «Araña», de la serie Percebes feministas.

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