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Cursilíneos y rigurdetes

Creo que he descubierto por qué los cursis, a pesar de que debería ser al contrario, suelen ser tan guarrillos. En cierto modo, la cursilería es una falta de rigor estético y la guarrería una falta de rigor higiénico. Es la falta de rigor la que se manifiesta de distintas maneras. Sin rigor no hay arte. Por eso el arte y la cursilería son incompatibles.

El rigor artístico, como todo en el arte, no es un rigor a secas. Es más bien un rigor libre, si es que eso existe. El arte esconde una verdad que no puede mostrar, porque traicionaría a su etimología, pero que tiene que estar ahí, porque si no, no sería arte. Es como una especie de baile con la realidad, se acerca y se aleja, como si pintara un cuadro. Cerca para dar la pincelada, lejos para ver cómo queda. Y bailando conecta con verdades profundas a través de la creación de realidades inventadas. El equilibrio es delicado. Si es demasiado real no es arte. Si es demasiado falso tampoco es arte.

Yo no creo que exista la verdad. Pero creo que es importante buscarla. Sin verdad no se puede vivir. Y quizá sea el rigor precisamente la clave. El rigor es una especie de verdad, una especie de coherencia. Luego se puede ser rigurosa o coherente de muchas maneras. Y los cursis, con un poco de suerte, se quedarán por el camino.


Ilustración: «Ay qué emoción», de la serie Percebes feministas.

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