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Dime qué copias y te diré quién quieres ser

Pues eso. Yo feliz de ver una obra de Félix González-Torres en la Serpentine, con lo que me gusta. Pero no. No era. Bueno, sí era. Era una copia. Yo en mi catetez pensé que iba a una exposición de un grupo de artistas conceptuales. Como una especie de cocktail veraniego de lo más visto. Pero pululando por la exposición como que no me cuadraban las fechas. Antipáticamente culpé a Bebushka de mi cerebro licuado. Pero Bebushkilla no tiene la culpa. Es que no me leí de qué iba la exposición.

El caso es que era de una sola artista, Sturtevant, una artista que copia. Copia a González-Torres, a Warhol, a Duchamp… Hace vídeos con trozos de vídeos de otros, de la BBC, por ejemplo. A mí la discusión sobre quién es el autor de una copia o si es original o deja de serlo no me interesa mucho. Aunque la discusión puede tener su utilidad teórica. Lo que sí me pareció interesante de la exposición es que, a pesar de estar compuesta de copias y material apropiado, la personalidad de la artista emerge claramente de la combinación. Y es que elegir qué se copia y qué no, aparte de un tributo, es un proceso de selección. Y dice mucho.

Aun así, copiar a otros es aburrido. Inspirarse, reutilizar, continuar, homenajear o incluso imitar. Bien. No vamos a andar reinventando constantemente la rueda. Pero cada uno añadiendo algo suyo. Creo que las personas necesitamos crear, que nos hace felices. Todos somos artistas, cada uno a su manera. Crear forma parte de ser persona. No hace falta materializarlo en lo que llamamos arte. Ni siquiera hace falta materializarlo. Pero sólo copiar es triste. Es de máquinas, inhumano, vacío. Al salir de la exposición sentí eso, una tristeza hueca, insulsa. Y unas ganas terribles de ver una exposición de González-Torres.


Ilustración: «Sospechosa», de la serie Percebes feministas.

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