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Emanando venceremos

El otro día observando a una mujer de alma confusa dando de comer a las palomas urbanas, caí. Entendí que no sólo inspiran nuestros movimientos en hora punta, sino que además son consejeras de moda.

Y ahí las imaginé. En esa reunión anual de los que deciden lo que nos ponemos internacionalmente cada temporada. Sentadas con los fabricantes de telas y ropas, despeluchadas, con las patillas colgando, batiendo las alas frenéticamente inspiradas. Repitiendo: esos grises y esos negros, y esos grises y esos negros, y esos grises y esos negros, con un poquillo de blanco y algo de verde sucio grisáceo y algo de morado sucio grisáceo… ¿Cómo no lo he visto antes? Y eso que llevo años viendo palomas urbanas y farfullando también contra los colores, o anticolores, reinantes.

Y no es que a mí me interese mucho la moda. Opino más o menos como Oscar Wilde, que mira si será fea que la tienen que cambiar cada seis meses. Pero el color y la forma sí me atañen. Y política y socialmente tampoco quiero ir emanando la longitud de onda equivocada. Sobre todo si promueve la indecisión, la falta de compromiso y la inmadurez. Que estamos en crisis y yo mi vanidad la cuido con mimo feminista.

Aunque pueda parecer un tema trivial, los colores importan. Estoy convencida de que una paleta más alegre contribuiría a sacarnos de la crisis. Tanto de la económica como de la existencial. Porque los colores sanan. No es lo mismo sentarse a hablar con alguien vestido de gris que con alguien vestido de turquesa. Igualmente no es lo mismo vestirse de gris que vestirse de turquesa.

El turquesa, por ejemplo, sería un buen color para el momento social que vivimos. En cromoterapia estimula el sistema inmunológico y psicológicamente promueve la renovación. Una población con el sistema inmunológico fortalecido y un espíritu renovador puede con todo. Una población indecisa, inmadura y equidistante, no. Cada color tiene sus cualidades. No digo que todo el mundo se tenga que vestir de turquesa para salir de la crisis. Aunque puestos, aunar aunaría. Sin embargo, si cada cual pudiese rodearse de los colores que mejor le sentasen al cuerpo y al alma, en vez de tener que adaptarse a la falta de variedad que impone el mercado, otro gallo nos cantaría.

No es casualidad que los movimientos más pacifistas sean también los más coloridos. Y es que a un ejército multicolor no me lo imagino matando a nadie ¿no? Pues eso.

 

Ilustración: «Y ahora qué», de la serie Percebes feministas.

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