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Sonidos espectrales y sinfonía de pedos

Vaya exposición rara. Me encantan las exposiciones raras. Son el perfecto antídoto contra la miasma banal reinante. También me gusta la South London Gallery, con su camarera japonesa androide que no se ha ido y su jardín wabi-sabi. Aunque no me pude tomar un té porque no tienen sillas de bebushka y yo suelta no la puedo dejar que acaba de empezar a andar. No es plan de que vaya revolviendo charlas ajenas y se coma el zen a la primera que me despiste. Que a mí cuando estoy en plan artista urbana global y la intelectualidad me emana por los poros como que también me corta el rollo que un bebé (de otros, claro) venga y me saque de la pompa bohemia. Que mis estudios me ha costado.

Así que nos fuimos del bar y volvimos a la sala de los pigmentos susurrantes, las bobinillas con pedorrera cósmica y el montículo de sal en la alcantarilla. La parte de arriba no la oí mucho. Y no es un chiste malo porque fuese sobre el silencio. Es que en medio de Londres una sala sobre el silencio se convierte en un anhelo. Oosterlynck hizo diez viajes por Europa en busca de silencio. Pero aquí, el tráfico me impedía oir sus dibujos.

Y yo que pensaba que era un bicho raro en mi búsqueda de silencio. Por eso me puse tan contenta cuando leí en el libro sobre el ruido que me regaló mi tía (es que en mi familia me conocen) que muchas campañas contra la contaminación acústica han sido iniciadas por artistas e intelectuales. Dickens, entre otros. Schopenhauer incluso decía que si se es insensible al ruido también se es insensible a las ideas, a la argumentación, al arte y a la cultura. Toma ya. Y es que sin silencio no se puede crear. Ni pensar. Y estas neuronillas necesitan gimnasia.


Ilustración: «Cara de besuga», de la serie Percebes feministas.

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